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“DE LO QUE LE PASÓ A DON QUIJOTE CON SU SOBRINA
Y CON SU AMA, Y ES UNO DE LOS IMPORTANTES
CAPÍTULOS DE TODA LA HISTORIA”

E tanto que Sancho Panza y su mujer Teresa Cascajo pasaron la impertinente referida plática, no estaban ociosas la sobrina y el ama de don Quijote, que por mil señales iban coligiendo que su tío y señor quería desgarrarse la vez tercera y volver al ejercicio de su, para ellas, mal andante caballería; procuraban por todas las vías posibles apartarle de tan mal pensamiento, pero todo era predicar en desierto y majar en hierro frío. Con todo esto, entre otras muchas razones que con él pasaron, le dijo el ama:
—En verdad, señor mío, que si vuesa merced no afirma el pie llano y se está quedo en su casa, y se deja de andar por los montes y por los valles como ánima en pena, buscando esas que dicen que se llaman aventuras, a quien yo llamo desdichas, que me tengo de quejar en voz y en grita a Dios y al rey, que pongan remedio en ello.
A lo que respondió don Quijote:
—Ama, lo que Dios responderá a tus quejas yo no lo sé, ni lo que ha de responder su majestad tampoco, y solo sé que si yo fuera rey, me excusara de responder a tanta infinidad de memoriales impertinentes como cada día le dan; que uno de los mayores trabajos que los reyes tienen, entre otros muchos, es el estar obligados a escuchar a todos y a responder a todos; y así, no querría yo que cosas mías le diesen pesadumbre.
A lo que dijo el ama:
—Díganos, señor: en la corte de su majestad, ¿no hay caballeros?

(Pasaje de: Miguel de Cervantes Saavedra. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha., edición de Florencio Sevilla Arroyo, parte II capítulo 6)

Notas:
El texto de Miguel de Cervantes está en formado regular y en formado cursivo los comentarios.

[36] Es decir, «si trae algún amuleto o talismán que le ayude por medios mágicos o milagrosos».
[37] Probablemente, alude a conchas como las de las tortugas y galápagos.
[38] Se refiere a la dinastía turca fundada por Otmán I (1259-1326).
[39] Los Tolomeos son la dinastía descendiente de Tolomeo I (360-283 a. C.). Reinaron en Egipto hasta Cleopatra (30 a. C.).
[40] Los versos pertenecen a la Égloga I de Garcilaso de la Vega (el gran poeta castellano nuestro).
[41] Hay cierta ironía cervantina en estas palabras de don Quijote. El hacer jaulas y palillos de dientes era trabajo delicado, sobre todo si se labraban en materiales nobles (maderas de calidad, marfil); pero también era quehacer de desocupados y ociosos.

Comentario del capítulo:

Esta vez he elegido como extracto el principio del capítulo. Un capítulo que puede ser visto como un poco menos interesante después del sabroso Capitulo precedente en el que Teresa, la mujer de Sancho, demuestra una sabiduría toda femenina en el colorido diálogo que mantiene con su marido. Sin embargo, creo que merece la pena saborearlo con gusto ya que, bajo los discursos descabellados que Don Quijote hace sobre los caballeros andantes, se esconden reflexiones de Cervantes, hombre de letras, que defiende con sus armas las mismas tesis que su fantasioso caballero:
Dos caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas.

A la pregunta del Ama: en la corte de su majestad, ¿no hay caballeros?
Don Quijote responde con un largo discurso en el que divide a los caballeros, y quizás no solo ellos, en dos categorías: la primera, la de los cortesanos, adornos del poder, que sin salir de sus aposentos ni de los umbrales de la corte, se pasean por todo el mundo, mirando un mapa, sin costarles blanca ni padecer calor ni frío, hambre ni sed; y la segunda, la de los caballeros andantes verdaderos, no solamente conocemos los enemigos pintados, sino en su mismo ser, y en todo trance y en toda ocasión los acometemos, sin mirar en niñerías… Don Quijote a continuación nos habla de las leyes ridículas de las justas y de los desafíos privados y las compara con los deberes de los caballeros andantes que nos describe con su habitual lenguaje metafórico: el buen caballero andante, aunque vea diez gigantes que con las cabezas no solo tocan, sino pasan las nubes, y que a cada uno le sirven de piernas dos grandísimas torres, y que los brazos semejan árboles de gruesos y poderosos navíos, y cada ojo como una gran rueda de molino y más ardiendo que un horno de vidrio, no le han de espantar en manera alguna; antes con gentil continente y con intrépido corazón los ha de acometer y embestir, y si fuere posible, vencerlos y desbaratarlos en un pequeño instante, aunque viniesen armados de unas conchas de un cierto pescado que dicen que son más duras que si fuesen de diamantes [37], y en lugar de espadas, trujesen cuchillos tajantes de damasquino acero o porras ferradas con puntas asimismo de acero.
Ante la firme conclusión de Don Quijote (sería razón que no hubiese príncipe que no estimase en más esta segunda o, por mejor decir, primera especie de caballeros andantes) el ama no puede hacer otra cosa más que callar y, es ahora la sobrina la que advierte de que todas estas historias de caballería andante son invenciones y por tanto tendrían que ser, en cierto modo, censuradas. Entonces Don Quijote se enfada muchísimo y declara: ¿Cómo que es posible que una rapaza que apenas sabe menear doce palillos de randas se atreva a poner lengua y a censurar las historias de los caballeros andantes? La sobrina impertinente no duda en decirle que un viejo y enfermo no puede pensar en enderezar tuertos, sobre todo pretendiendo ser caballero, no siéndolo: ¡…porque, aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres!

Esta reflexión de la sobrina nos vale un largo discurso de Don Quijote sobre los linajes que él divide en cuatro tipos: los que desde abajo van disminuyendo hasta llegar a la punta para luego desaparecer (ejemplo de la pirámide para los Faraones o los Cesares); o los que partiendo de un origen pobre y humilde alcanzan las cimas más altas (los Otomanes); o los que empiezan siendo grandes y siguen siéndolo sin grandes variaciones; y por último y los más numerosos, los  plebeyos, que sirven solo para incrementar el número de los que viven sin que merezcan otra fama. Añade Don Quijote:
De todo lo dicho quiero que infiráis, bobas mías, que es grande la confusión que hay entre los linajes y que solos aquellos parecen grandes y ilustres que lo muestran en la virtud y en la riqueza y liberalidad de sus dueños. Dije virtudes, riquezas y liberalidades, porque el grande que fuere vicioso será vicioso grande, y el rico no liberal será un avaro mendigo.
Don Quijote sigue discurriendo sobre la virtud, único modo que tiene un pobre de mostrar que es un caballero, y concluye: sé que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio, ancho y espacioso; y sé que sus fines y paraderos son diferentes, porque el del vicio, dilatado y espacioso, acaba en la muerte, y el de la virtud, angosto y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no tendrá fin; y sé, como dice el gran poeta castellano nuestro, que

Por estas asperezas se camina
de la inmortalidad al alto asiento,
do nunca arriba quien de allí declina.[40]

El diálogo se termina, yo diría con la derrota del ama y de la sobrina, con estos dos últimas réplicas, una más sarcástica que otra:

—¡Ay, desdichada de mí —dijo la sobrina—, que también mi señor es poeta! Todo lo sabe, todo lo alcanza: yo apostaré que si quisiera ser albañil, que supiera fabricar una casa como una jaula.
Yo te prometo, sobrina —respondió don Quijote—, que si estos pensamientos caballerescos no me llevasen tras sí todos los sentidos, que no habría cosa que yo no hiciese, ni curiosidad que no saliese de mis manos, especialmente jaulas y palillos de dientes [41].

En este momento alguien llama a la puerta, es Sancho.

Quijote Ilustración de Gustave Doré II,6 b

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