Etiquetas

, , , , , , , , ,

Dante se hizo cargo de cerrar el mundo antiguo con llave de oro. Pero a Cervantes le cupo el honor de abrir con llave de platino el mundo moderno. Ése de la libertad de pensamiento individual en el que todavía, por fortuna, vivimos. “Italia, precisamente por dueña de una perfecta literatura renacentista, (…) tarda más que otras tierras en aceptar a Cervantes, que es lo mismo que abrirse a la novela como centro del gran fenómeno moderno. Todo esto porque la libertad que había legado al mundo el manchego don Quijote no era ningún grito polémico, sino la inmensa realidad de esa modernidad en que todavía nos movemos”, dice el maestro Márquez Villanueva.

Dante y Cervantes, como Shakespeare o Montaigne, disfrutan de una enorme cultura común, la religión, los mitos, la literatura y la filosofía rescatados de la Antigüedad por el Renacimiento, y, en su forma local, por las tradiciones literarias propias de cada ámbito lingüístico, que incluye las traducciones y el conocimiento de las corrientes literarias extranjeras en mayor o menor medida. Ambos cuatro, si esto se puede decir, son además feroces e implacables observadores de la sociedad de su tiempo, con un no disimulado interés por la filosofía y práctica del poder. Están todos dentro de ese gran ciclo del despertar de la cultura europea que va desde el Proto Renacimiento hasta la edad del hierro…moderno, si se me permite la expresión para conceptualizar el mundo contemporáneo. Piénsese en la torre Eiffel, por ejemplo, y lo que ello supone como liquidación del orden constructivo legado por el mundo clásico.

Pero Dante, por tiempo y por espacio, está siempre demasiado cerca de la boca del infierno. No pudo librarse nunca del peso secular de la cultura eclesiástica que había atenazado Europa durante siglos. Por eso, su cabalgar infinito por los círculos diabólicos no puede conducirle nada más que a un paraíso diseñado una y mil veces por la propia Iglesia. ¿Pero quién se acuerda del aburrido paraíso de Dante? Lo que verdaderamente nos queda de él es su fascinación por el infierno, el viejo esfuerzo de conseguir el mal a coste cero.

  1. Quijote y Sancho habían patrullado juntos por las rutas del desengaño en aquellos tiempos dolidos y sin alma. Cierto, nadie podría aventajarles en desventuras sin esperanza, pero en su camino no se encuentran a ningún ser que no sea de este mundo. D. Quijote, el hidalgo, trastocado el ingenio por tantas lecturas disparatadas, ve o imagina seres extraordinarios que la realidad le niega. Cuando observa cierta prudencia en la segunda parte y pone coto a tanto desvarío, y hasta duda de su propia personalidad de caballero andante, otros, incluso el propio Sancho, que han leído sus aventuras, le hacen entrar en el juego de sus antiguos delirios de los que, finalmente, como no cabría otra posibilidad, acaba volviendo derrotado.

Y de la derrota, de la experiencia de la vida cotidiana, lejos de leyendas, gigantes, mitos o monsergas eclesiásticas, nace la luz: “Sancho, si a ti te parece bien…”

Vuelvo a una larga y necesaria cita del plan de jubilación en el “pastoral gremio”.

“Darános con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los estendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz la luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el canto, alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos hacernos eternos y famosos, no solo en los presentes, sino en los venideros siglos”.

Ahora que la iglesia postridentina ha revelado su peor rostro tras la división de la cristiandad, ahora que ha sacado a la luz su cara más doctrinaria, violenta, populista y proselitista, ahora que cualquier autor haría una alabanza sin desmayo del cielo celeste prometido por la Iglesia, tal vez ese mismo cielo/paraíso que visitó Dante, ahora es entonces cuando Cervantes se sirve de un loco enajenado para decir que el paraíso está ahí, al alcance de la mano, basta con comprar “algunas ovejas y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias”.

Basta, pensará Cervantes, con que esa brutal maquinaria humana que se llama política y que ha ido desmontando a lo largo de toda su obra, basta con que esa maquinaria se haga razonablemente humana y otorgue a cada ciudadano, entonces súbdito, el merecido descanso tras una larga vida de guerras, esfuerzos, sinsabores, amargas desventuras, y dejarse amar o ser amado en libertad, sin los prejuicios religiosos, raciales y estamentales que estaban conduciendo a la sociedad a una suerte de esclerosis de la que sólo sería posible salir por medio de la sangre derramada a través de las mil guerras civiles que padecerá Europa desde finales del S. XVIII.

Qué lejos el Paraíso de Dante, qué próxima nuestra Arcadia cervantina en que la luna y las estrellas darán luz “a pesar de la escuridad de la noche”.

Qué listo Cervantes, qué inteligencia tan sutil para definir un “estado de bienestar” en las mismas barbas de la Inquisición. ¿Alguien podría reprocharle que tirase de tradición literaria, “Arcadia felix”, para definir la forma en que un hombre que ha cumplido su destino como persona y como ciudadano debería alcanzar su retiro?

La capacidad de nombrar las cosas, los montes, las selvas, los prados, la poesía, el agua, el aire, los árboles, el lloro, el canto, la alegría, la inspiración en forma de versos para seguir nombrando, “las pastoras de quien hemos de ser amantes”, los amigos del “pastoral gremio”, la forma en sí de nombrarlo todo, todo lo que está humanamente al alcance de la sociedad más elemental, ¿podría haber sido tomado por la Iglesia o el poder político como un atentado al orden establecido o al discurso dominante? Cervantes, que jamás dijo una palabra más alta que otra y lo desdibujó todo con su fina ironía, sabe que no. Y por eso lo pone en boca de D. Quijote, con su lenguaje caballeresco y su remedo de la poesía.

Porque la poesía es la forma humana de nombrar y hacer nuestro el paraíso. Y Cervantes lo sabe. Lo ha aprendido en todos los caminos que hizo y deshizo a lo largo de su vida de buhonero y soñador. La poesía no sólo lo acompañó, sino que le iluminó para comprender cuál era el verdadero destino del hombre: ser feliz en esta tierra. Sin dioses a los que rendir pleitesía.

Milán, junio de 2015

Arturo Lorenzo

Anuncios