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Vuelven grupas a Barcelona D. Quijote y Sancho camino de ese lugar cuyo nombre nunca hemos aprendido. D. Quijote derrotado y cautivo. Derrotado por su vecino de toda la vida, el, transmutado para el evento en el caballero de la Blanca Luna. Y cautivo de su honor: “Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra”. Sancho, como siempre, a su bola, más preocupado por la incomodidad de lo cotidiano que por la gloria de las armas: “Señor…, no es cosa tan gustosa el caminar a pie, que me mueva e incite a hacer grandes jornadas”.

Filosofía, diálogos y nuevas aventuras se mezclan en este camino de regreso a casa con el profundo sentimiento de derrota: “Mira, Sancho amigo, que yo no estoy para dar migas a un gato”. O con la nostalgia de otros amores imposibles: “…¿preguntaste a ese Tosilos que dices qué ha hecho Dios de Altisidora, si ha llorado mi ausencia o si ha dejado ya en las manos del olvido los enamorados pensamientos que en mi presencia la fatigaban?” “¿Está vuestra merced –protesta Sancho- en términos de inquirir pensamientos ajenos, especialmente amorosos?” “Mira, Sancho,…bien puede ser que un caballero sea desamorado, pero no puede ser, hablando en todo rigor, que sea desagradecido”.

Estaban en éstas, en que parece, como en varias otras ocasiones a lo largo de la obra, que a D. Quijote se le difumina un tanto su amor por Dulcinea, y ahí está el bueno de Sancho para llamarle al orden. Le reprocha que el supremo bien por el que ha emprendido tales extraordinarias aventuras, ese amor de oídas al que se había encomendado para llevar a cabo las más altas empresas, se desdibuje en el dolor de la derrota.

Don Quijote reacciona y se traza un plan. Parece increíble, pero el Quijote es tan moderno, Cervantes, que se traza un plan de jubilación anticipada. Posiblemente el mismo que añoraba el propio Cervantes para sí en su cubículo madrileño.

No tengo más remedio que hacer una larga cita para entender este plan. También sirve, en parte, para contestar a los que dicen que el Quijote no se entiende.

“Este prado donde topamos a las bizarras pastoras y gallardos pastores que en él querían renovar e imitar a la pastoral Arcadia, pensamiento tan nuevo como discreto, a cuya imitación, si es que a ti te parece bien, querría, ¡oh Sancho!, que nos convirtiésemos en pastores, siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo compraré algunas ovejas y todas las demás cosas que al pastoril ejercicio sean necesarias, y llamándome yo “el pastor Quijotiz” y tú “el pastor Panchino”, nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos o de los caudalosos ríos”.

Antes de continuar con el plan de jubilación que aquí se inicia, es necesario volver sobre el trato que nuestros héroes se dan entre sí. “Si es que a ti te parece bien, querría, ¡oh Sancho!…” ¿Éste es el trato habitual entre caballero y escudero? ¿En qué libro de caballería se ha visto semejante camaradería entre uno y otro? Seguramente es el peso de la derrota lo que le hace humanizarse a D. Quijote con respecto a Sancho. En el capítulo anterior D. Quijote le dice: “Muy filosófico estás, Sancho, (…) y muy a lo discreto hablas. No sé quién te lo enseña”. Pero por encima de la derrota está el propio pensamiento de Cervantes. Nuestros héroes se hacen amigos y respetuosos camaradas porque Cervantes, en su fuero interno, no es clasista. Tal vez, para no caer en anacronismos, sería mejor decir que Cervantes no cree en la sociedad estamental de su época que tardaría todavía casi dos siglos en caer de mano de la guillotina francesa. Cervantes cree en el hombre: “…cada uno es artífice de su ventura”, le dice D. Quijote a Sancho renglones más tarde. El Quijote tiene dos cabezas, pero Cervantes un solo corazón.

El segundo elemento de la cita que se puede destacar, es el valor arquetípico de la Arcadia, el paraíso en la tierra, que asoma repetidamente desde las primeras páginas del libro. Cervantes era un estudioso. Conocía a los clásicos de memoria, pero sin embargo quien le brinda el modelo ideal para su jubilación es un moderno. Repite letra por letra, concepto por concepto el ideal de paraíso en la tierra que un feroz guerrero le había dejado escrito en versos memorables: Garcilaso de la Vega. Sí, ambos recogen una tradición milenaria ya en su tiempo, pero en Cervantes suena a conquista, no a un artificio o máquina de ensueño. A una arquitectura efímera tan cara a esos momentos del barroco en los que Cervantes, o su época, se van paulatinamente adentrando.

No, D. Quijote toma el modelo de Garcilaso, pero no para escribir poemas, sino para cumplirlo: “Yo compraré algunas ovejas y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias”. D. Quijote, por muy loco que estuviera, sabía que las cosas tenían un valor, un precio. Y está dispuesto a desarmar su hacienda en busca del paraíso al alcance de la mano. Eso sí, como dirá entrañablemente más tarde, en compañía de sus compañeros, no olvida a ninguno, y de su querida Dulcinea, a pesar de que se le escape por vía subliminal que a “las pastoras de quien hemos de ser amantes…”, han de ponerles nombres.

Cervantes le establece un plan a D. Quijote para retirarse del mundo de la caballería, “siquiera el tiempo que tengo de estar recogido”, que posiblemente no se diferenciaba en gran medida del que le hubiese gustado establecer para sí mismo. ¿Puede la fortuna haber sido más desdeñosa y cruel con un hombre que lo dio todo por causa del imperio de las armas y, sobre todo, por causa del imperio de las letras? Ni un solo empleo digno, apenas un reconocimiento de sus contemporáneos por la obra que había puesto en circulación, un divertimento, decían, unos amores siempre quebrados por no sabemos que extraños misterios, un peculio menos que magro y una familia más que enemiga. ¿Cómo no soñar con un paraíso? Pero en esta tierra, por favor. Eso, D. Quijote, es lo moderno, que no aspira tanto a las glorias del cielo como a los afectos de las pastoras. Del Paraíso de Dante a la Arcadia de D. Quijote.

(Continuará)

Arturo Lorenzo

Milán, mayo de 2015

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