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“DONDE SANCHO PANZA SATISFACE
AL BACHILLER SANSÓN CARRASCO DE SUS DUDAS
Y PREGUNTAS, CON OTROS SUCESOS DIGNOS
DE SABERSE Y DE CONTARSE”

—Y por ventura —dijo don Quijote—, ¿promete el autor segunda parte?

—Sí promete —respondió Sansón—, pero dice que no ha hallado ni sabe quién la tiene, y así, estamos en duda si saldrá o no; y así por esto como porque algunos dicen: «Nunca segundas partes fueron buenas», y otros: «De las cosas de don Quijote bastan las escritas», se duda que no ha de haber segunda parte; aunque algunos que son más joviales que saturninos dicen: «Vengan más quijotadas: embista don Quijote y hable Sancho Panza, y sea lo que fuere, que con eso nos contentamos».

—¿Y a qué se atiene el autor?

—A que —respondió Sansón—, en hallando que halle la historia, que él va buscando con extraordinarias diligencias, la dará luego a la estampa, llevado más del interés que de darla se le sigue que de otra alabanza alguna.

A lo que dijo Sancho:

—¿Al dinero y al interés mira el autor? Maravilla será que acierte, porque no hará sino harbar, harbar, como sastre en vísperas de pascuas, y las obras que se hacen apriesa nunca se acaban con la perfeción que requieren. Atienda ese señor moro, o lo que es, a mirar lo que hace; que yo y mi señor le daremos tanto ripio a la mano en materia de aventuras y de sucesos diferentes, que pueda componer no solo segunda parte sino ciento. Debe de pensar el buen hombre, sin duda, que nos dormimos aquí en las pajas; pues ténganos el pie al herrar y verá del que cosqueamos. Lo que yo sé decir es que si mi señor tomase mi consejo, ya habíamos de estar en esas campañas deshaciendo agravios y enderezando tuertos, como es uso y costumbre de los buenos andantes caballeros.

No había bien acabado de decir estas razones Sancho, cuando llegaron a sus oídos relinchos de Rocinante; los cuales relinchos tomó don Quijote por felicísimo agüero y determinó de hacer de allí a tres o cuatro días otra salida; y declarando su intento al bachiller, le pidió consejo por qué parte comenzaría su jornada; el cual le respondió que era su parecer que fuese al reino de Aragón y a la ciudad de Zaragoza, adonde, de allí a pocos días, se habían de hacer unas solenísimas justas por la fiesta de San Jorge, en las cuales podría ganar fama sobre todos los caballeros aragoneses, que sería ganarla sobre todos los del mundo. Alabole ser honradísima y valentísima su determinación y advirtiole que anduviese más atentado en acometer los peligros, a causa que su vida no era suya, sino de todos aquellos que le habían de menester para que los amparase y socorriese en sus desventuras.

(Pasaje de: Miguel de Cervantes Saavedra. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha., edición de Florencio Sevilla Arroyo, parte II capítulo 4)

Comentario del pasaje:

En este capítulo parece que estamos en una reunión de una extraña editorial. Carrasco, en el papel del representante del editor, anima a los protagonistas a que proporcionen al autor (en este caso a Cide Hamete) nuevas aventuras pero que se anden con cuidado a la hora de enfrentarse a los peligro, ya que la vida de Don Quijote no era suya, sino de todos aquellos que le habían de menester para que los amparase y socorriese en sus desventuras.

Antes, ya en el capítulo anterior, Sansón Carrasco se preocupa en aclarar los puntos que no resultan muy claros a los lectores, quizás por un error del autor o del editor mismo. Recordamos que Sancho prometió revelarnos lo que pasó con la pérdida del jumento como con el gasto de los cien escudos, pero dijo que lo haría después de un paréntesis de modo que pudiera matar la imperiosa hambre que lo devoraba. Sancho no incumple su promesa y nos cuenta una divertida historia que ilustra el dibujo de Gustave Doré: Don Quijote y él estaban muy cansados por sus desaventuras y dormían encima de sus monturas, Don Quijote arrimado a su lanza y Sancho agarrado a su albarda. Alguien le robó a Sancho de debajo de él el rucio (así se llama el jumento) sin que se diera cuenta. Había suspendido la albarda con cuatro palos situados en sus cuatro lados. Un episodio no nuevo, observa Carrasco, ya que fue narrado en diferentes versiones del Orlando.

En cuanto a los cien escudos, Sancho reconoce que se los han gastado él y su mujer:

—Yo los gasté en pro de mi persona y de la de mi mujer y de mis hijos, y ellos han sido causa de que mi mujer lleve en paciencia los caminos y carreras que he andado sirviendo a mi señor don Quijote.

Concluida esta revisión de lo que habría que corregir en la leyenda, Don Quijote pregunta:

—Y por ventura —dijo don Quijote—, ¿promete el autor segunda parte?

Responde Carrasco que las opiniones son divergentes, hay quien dice que una segunda parte es siempre menos buena que la primera y otros que dicen que quieren nuevas aventuras, sean como sean. El autor quiere publicarlas lo más rápidamente posible pero antes, obviamente, necesita hallarlas.

A lo que Sancho, con su sabiduría usual, observa: 

—¿Al dinero y al interés mira el autor? Maravilla será que acierte, porque no hará sino harbar (hacer algo deprisa y atropelladamente), harbar, como sastre en vísperas de pascuas, y las obras que se hacen apriesa nunca se acaban con la perfeción que requieren. (Quizás sea una alusión a la segunda parte apócrifa)

Sin embargo sigue diciendo que no faltarán las aventuras que contar si Don Quijote lo escucha y que saldrán de nuevo para deshacer agravios y enderezar tuertos.

No había bien acabado de decir estas razones Sancho, cuando llegaron a sus oídos relinchos de Rocinante; los cuales relinchos tomó don Quijote por felicísimo agüero y determinó de hacer de allí a tres o cuatro días otra salida.

Así es como se toma, también con la participación de Rocinante, la decisión que todos quieren que se tome. Ahora se trata solo de planearlo todo muy bien.

Don Quijote pide consejo al bachiller sobre el lugar al que dirigirse en primer lugar. Carrasco le aconseja ir hacia Zaragoza donde, en los próximos días, se harán solemnes justas por la fiesta de San Jorge. Sin duda Don Quijote podrá ganar fama sobre todos los caballeros aragoneses, famosos en todo el mundo.

A este punto Sancho precisa: Yo, señor Sansón, no pienso granjear fama de valiente, sino del mejor y más leal escudero que jamás sirvió a caballero andante. Pero añade también que no se ha olvidado de que Don Quijote le ha prometido una ínsula o algo similar y a ese propósito declara:

«Cuando te dieren la vaquilla, corre con la soguilla» y «Cuando viene el bien, mételo en tu casa», lo que significa que quiere aprovechar todo lo que pueda ocurrir por la voluntad de Dios.

Don Quijote quiere despedirse de su señora Dulcinea del Toboso, y pide por eso al bachiller que le haga un poema en el que se pueda leer su nombre por ejemplo empezando cada verso con una letra de su nombre. Eso nos proporciona un interesante discurso sobre las métricas que se usan durante el siglo de oro.

Finalmente deciden que la partida será de allí a ocho días, manteniendo este plan en secreto entre ellos, y se despiden.

Sancho pondrá en orden lo necesario para su jornada, y así es como se introduce el próximo capítulo que tendrá lugar en su casa junto a su mujer Teresa.

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