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Lugo Monforte de Lemos – VII Conde de Lemos -1576

Cuanto más me adentro en el Quijote más admiro a Cervantes, al autor, al hombre.
Este “ingenio lego”, es decir, un hombre sin estudios superiores, este soldado de ínfima graduación, este fracasado solicitante de la administración pública excepto para oscuros puestos de recaudador, como un vulgar “hombre del frac” de nuestros tiempos, que dio en repetidas ocasiones con sus huesos en las cárceles de su católica, sacra, real majestad, este hombre que adujo sus heridas de guerra, sus méritos bélicos para conseguir un puesto decente en la administración de Indias y que sólo cosechó un displicente, lacónico y sonrojante despacho de las covachuelas de la corte: “Busque por acá”. Este cautivo, cinco infinitos años en la corte del Gran Turco en Argel, este ingenuo sesentón que busca una jubilación de oro en la corte napolitana al amparo de uno de sus pocos benefactores y que sólo recibe la cruel negativa de los “lupercios” (los hermanos Lupercio y Bartolomé Leandro de Argensola), quizá no tanto por desprecio como por simple no aprecio, este viejo, solitario y desconsolado gruñón que no es capaz de concitar la pluma de ningún vate, noble o intelectual de la época para que prologue la segunda parte de su Quijote, el libro más leído, editado y traducido de su tiempo, este viejo, empobrecido, enfermo, derrotado por el sinsabor de tantas derrotas por las que había atravesado su azarosa vida, este tahúr, putero, prestamista, malquistado con su hija y rodeado de sus “cervantas”, y ya asediado por la enfermedad que le corroe, es capaz de encontrar fuerzas y poner, apenas un año antes de su muerte, en la imprenta la segunda parte de una obra portentosa que nos ocupa y nos preocupa hasta hoy y por los siglos de los siglos.
Pero la grandeza de Cervantes no es sólo que sea capaz de hacerlo, sino la melancólica dignidad con que lo hace. Para entenderlo no es necesario leer su obra. Basta con leer el prodigioso prólogo que él mismo tiene que hacerse para la segunda parte del Quijote y la hilarante dedicatoria al Conde de Lemos. Cervantes dejó escrito a lo largo de su obra algo de casi todas las miserias del alma humana, pero jamás una sola línea en la que se le pueda tachar a él de miserable. Pero si estaba a favor de la expulsión de los moriscos, dirá alguno, es decir de un genocidio planificado por la corona. Sí, tal vez, pero hablaremos de eso otro día. Vayamos ahora al citado prólogo.
Cervantes debía ser muy consciente de la grandeza de su obra. Y también del escaso rédito moral y material que le había procurado. Dinero, poco o ninguno. Reconocimiento social, cero, porque la clase culta de la España de entonces, bien nutrida de vates de todo género, no supo o no quiso ver el inmenso territorio que Cervantes abría a la prosa y al relato moderno, como lo entendemos hoy, y prefirió considerar los hallazgos cervantinos como una obra satírica y de divertimento. Y las clases populares dieron por bueno confundir al autor con su héroe y entregarle a éste el reconocimiento que no le daban a aquél.
En avanzada redacción de su segunda parte, Cervantes se ve sorprendido por un hecho a todas luces desconcertante: la publicación del Quijote de Avellaneda. El plagio, robo o apropiación indebida debió sumirle en los más duros pesares. Pero inventa una digna venganza e influenciado por el espurio modifica el plan de su obra para demostrar que el suyo es el bueno,
el héroe verdadero. Y además para que no haya dudas ni posteriores intentos de apropiación, le explica al lector: “…te doy a don Quijote dilatado, y finalmente muerto y sepultado”.
Si la publicación del Quijote de Avellaneda era una puñalada en la autoestima de Cervantes, el prólogo era un insulto y vituperio directo de la obra y la persona de D. Miguel. Muchos autores sostienen, con toda razón, que el prólogo no lo compuso el misterioso y apócrifo Avellaneda. Algunos sostienen incluso que la perversa pluma de Lope estaba detrás de esas líneas.
Es igual como fuera. Lo majestuoso es cómo Cervantes se defiende. Se dirige, como era costumbre en la época, al “lector, ilustre o… plebeyo”. Es decir, sabía perfectamente que le leían unos y otros, y supone que ese lector está esperando “venganzas, riñas y vituperios” sobre el cobarde autor de esa falsa segunda parte que “no osa parecer a campo abierto y al cielo claro”, con su propio nombre.
Cervantes advierte y decepciona al lector: “Quisieras tú que le diera del asno, del mentecato y del atrevido, pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma…” Se lo ha dicho previamente: “…puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción dicha regla”.
¡Una regla que padece excepción! ¿Se puede decir mejor, de forma más hermosa y llana?
Lo que le ofende a Cervantes es el ataque personal. ¿Manco? ¿Me llama manco porque perdí esta mano en una taberna o “en la más alta ocasión que vieron los siglos”? Las pullas contra los defectos físicos eran moneda corriente entre los literatos del Siglo de Oro, y entre el pueblo llano, pero de ahí a reírse de una seña de identidad heroica hay un mundo por el que Cervantes no puede dejar de despreciar al prologuista de Avellaneda.
Viejo. Avellaneda, o quien sea, le llama viejo en el prólogo a Cervantes. Y éste le responde de aquella demoledora manera: “…como si hubiese sido en mi mano detener el tiempo”. Y por si fuera poco, les da a Avellaneda y a su prologuista una lección de madurez que a lo mejor es una de las claves inexploradas de Cervantes: “…que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años”.
Ni una palabra de más, ni un insulto, ni una superflua vanidad, tal vez sólo “la agria melancolía” de un dignidad admirable.

Arturo Lorenzo

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