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Supuesto retrato de Garcilaso de la Vega (1526)

No se trata de un topónimo, ni de una baronía o alcabala. Se trata de un ejercicio. El que realizaba Cervantes a medida que medía con sus pasos el solar fecundo por el que pondría a trotar a su héroe, hidalgo, romántico, genial.
Mascar de la Vega era rumiar uno a uno, y todos y cada uno de los versos del caballero Garcilaso. Por esos “polvorientos caminos”, por ese “polvo, sudor y hierro” de “pertinaz sequía”, por esa asolada meseta de ventas, molinos, arrieros, ganapanes, inquisidores y miembros de la Santa Hermandad, antes de escribir un solo verso, Cervantes había interiorizado, hasta confundirlos con el ritmo de sus pasos o el latido de su corazón, lo mejor de la poesía, e incluso lo peor, que le había precedido, y como no podía ser de otro modo, en toda su obra, especialmente en el Quijote, rinde homenaje constante al maestro que había fundado definitivamente la lengua de la poesía en castellano.
“Escrito está en mi alma vuestro gesto”, Dulcinea mía, “y cuanto yo de vos escribir deseo”, Dulcinea mía. ¿No cabalgaría así Cervantes, cabizbajo y melancólico, buscando poner voz a su personaje enamorado, “de oídas”, como le dirá conmovedoramente a Sancho? A mí, por lo menos, me gusta imaginármelo así, rumiando versos, rumiando literatura, historia, medicina, filosofía, poniendo en orden sus lecturas, buscando el tono con el que dar salida a sus propias conclusiones, a su prosa ágil, moderna, atrevida.
Este doble cuatricentenario va a arrojar mucha más crítica a la inmensa ya existente. Cosa que no es mala, sino todo lo contrario. Es malo perderse en el bosque, pero excelente encontrar la sombra propicia del árbol bajo el que descansar. Por eso habrá que estar atentos a las nuevas publicaciones, porque los sabios cada vez saben más, y cada vez alumbran más y mejor los infinitos rincones que nos quedan aún por descubrir de la vida y obra de Cervantes.
Como de D. Miguel ha ido diciendo la crítica lo uno y su contrario, como ya comentamos alguna vez en estos papeles, espero que me permitan hacer una larga cita del maestro Francisco Márquez Villanueva en la que, a mi parecer, liquida de una vez por todas la idea peregrina, muy extendida entre algunos críticos, de que Cervantes es poco menos que un ignorante tocado por una gracia especial, tal vez la famosa inspiración, que lo convierte como por ensalmo en un genio. Dice así D. Francisco:
“Cervantes como suma de una extensa y bien asimilada cultura, capaz de moverse en ella con agilidad e intereses propios, un espíritu en libertad frente al problema humano de su tiempo y aun del nuestro, un cristianismo exquisitamente interiorizado, un fuerte espíritu crítico y pensador audaz, pero no un profesional de la agitación ni alguien tampoco dispuesto al martirio voluntario”.
Esclarecedor párrafo de qué, quién y cómo era Cervantes. Con cierta frecuencia volveremos sobre la obra de Villanueva (“Cervantes en letra viva”) porque está llena de esos aciertos irrenunciables y esclarecedores que nos permiten ponernos cerca, casi sentarnos en las ventas con él, de ese hombre que se ha convertido con el tiempo, y ya desde hace mucho, en uno de los indiscutibles creadores de la modernidad, en la que aún estamos.
Y hablando de modernidad, ésta en la que seguimos viviendo y ésta que inaugura Cervantes con algunos otros, aún me retiembla el pulso cuando leo y sigo leyendo cosas en torno a la “españolidad” de Cervantes. Hace unos días, en el dominical de un periódico de tirada nacional (bueno, estatal, no se incomoden algunos), un notorio, que no sé si notable, escritor afirmaba que “así como Jesucristo redimió a la humanidad, Cervantes redimió a los españoles, a España”. (Cito de memoria).
Niego la mayor porque no es este sitio para hablar de Jesucristo ni sé si redimió de nada a nadie. Pero, ¿de qué nos ha redimido Cervantes? ¿De la corrupción, por ejemplo, que en su tiempo era moneda tan corriente como ahora? Cuando Cervantes habla del hambre, de la justicia, o injusticia, de la venalidad de los cargos públicos, de la fanfarronería de los malos poetas, de los deficientes programas educativos, de la inextricable prostitución callejera, de los abusivos privilegios de la iglesia, de la ausencia de voluntad política para conducir los asuntos de la república, ¿lo hace sólo en clave española? ¿Hemos tenido la desgracia de ser el único país sobre la tierra que sufra estas lacras?
Qué manía maniquea la de confundir la camiseta del equipo del barrio con el gran pensamiento. Y qué alopecia moral la de estos columnistas de domingo de confundir el gran pensamiento con una frase subrayada en negrilla por la que creen habernos dado las claves del entendimiento supremo.
Estoy por hacerme del partido de mi amigo Ilan Stavans, el traductor del Quijote al spanglish, y decir que Cervantes, el Quijote, ni nada bueno que haya salido de este país es español. Yo soy de la tierra de los buenos productos, o sea, Marcel Proust, Hermand Brod, Kafka, Kataeb Yacine o Albert Camus son de mi pueblo. Y con eso basta de paranoias transnacionales.
Morder, mascar, ensalivar, deglutir, asimilar, incorporar a su sangre y a su voz, eso es lo que hizo Cervantes con Garcilaso y tantos que le habían precedido, o coetáneos suyos, para luego ponerlo en una prosa de la que cualquiera en su sano juicio se tiene que sentir orgulloso, sea español o no, porque con la prosa nos dio la voz, y con la voz la palabra, y con la palabra la manera de abordar el mundo, el mundo entero, no sólo uno español o de alma española para hacer una radiografía de los castillos en el aire que todos tenemos. Se buscó un loco en cuya boca poder decir lo que su boca cuerda no podría haber dicho. Trento acechaba, la Inquisición ejecutaba. Estamos todos un poco más cuerdos gracias a la locura de D. Quijote, que no era sólo española, sino sólo un paso más en la larga trayectoria de la humanidad hacia la libertad de pensamiento.
Que esa voz haya nacido aquí puede ser un título de legítimo orgullo, pero no una soflama política o una camiseta del equipo del barrio. Y Cervantes, altamente solitario, peregrino en una soledad que seguro no deseaba, viste a un Merlín farandulero en la corte de los duques aragoneses para volver a su maestro y traérnosle en verso dentro de su prosa poética: “…después de haber revuelto cien mil libros / desta mi ciencia endemoniada y torpe, / vengo a dar el remedio que conviene / a tamaño dolor, a mal tamaño”. (DQ II, 35).
Mascar de la Vega, deglutir Garcilaso.

Arturo Lorenzo

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