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No saben qué pena me da que D. Miguel no haya salido en esqueleto, todo enterito y mutilado, como él mismo se definía. Me da pena por el equipo de científicos, porque tenemos unos científicos excelentes que habrán dejado en el empeño lo mejor de sí mismos.

A mí me importan una higa los huesos de Cervantes, como ya les advertí en anteriores ocasiones. Casi me hace más gracia el remodelado chino al que hacía referencia Goytisolo en su discurso de investidura cervantino. Cierto que se podría haber intentado burlar la honestidad de los científicos y haber metido de matute una tibia, mano herida y la mandíbula desdentada hechas en plástico óseo en la cueva de un almacén oriental, de ésos en los que se elabora el “prêt à porter” de la moda universal. Pero, en fin, parece que, por suerte, la corrupción no llega a estos extremos en el ámbito de la ciencia y de la cultura.

El otro día, rastreando internet, me topé en las páginas secundarias de un periódico digital de tirada (lectores) limitada, una reseña sobre la rueda de prensa que ofreció el Ayuntamiento de Madrid con los resultados definitivos de la búsqueda necrológica cervantina. Digo definitivos antes del 23 de abril de 2015, que debería haber sido la fecha para proclamar al mundo el exitoso empeño del Ayuntamiento de una capital que durante 400 años ha despreciado la mayor gloria de la cultura española.

Leí de través la reseña, porque el tema me hostiga y desasosiega, pero me permitió observar en la foto y las declaraciones el abrumador sinsentido de los actos de los responsables públicos.

Primero era la desolación por no poder proclamar al mundo la certeza al 100% de que éstos son los huesos del Cervantes. Estamos seguros, pero nos falta la certeza empírica del ADN. Lo resumimos en una anterior entrega con el “están pero no son”. Lo grave es que antes de empezar los trabajos ya lo habían advertido científicos de “reconocido prestigio”: “Sin ADN todo son milongas”. Y vaya usted a buscar el ADN de la parentela desaparecida.

Segundo, y sin asombro de sonrojo, los responsables políticos confiesan en la entrevista que si hubiesen aparecido de verdad los huesos de Cervantes no tenían previsto qué hacer con ellos, ni “presupuesto para hacer nada”. ¡Eureka! ¡Lo encontré! ¿Y ahora qué hacemos?

Esto me lleva a la tercera de las interrogantes. A través de las informaciones de los periódicos es difícil atar cabos sueltos y ajustar las precisiones, la inmediatez de la información manda y a veces se confunden hasta la exactitud de los nombres de los investigadores, pero hay una cosa que llama la atención: todos los medios de información destacan que el Ayuntamiento de Madrid sólo ha invertido 130.000€ en la investigación. Evidentemente una miseria para una gloria nacional. Pero, oiga, ¿los investigadores que han trabajado más de un año en el proyecto han podido comer, pagar el colegio de sus hijos y atender sus hipotecas con 130.000€ para todos?

Cierto que hay becarios y que estos señores y señoras investigadores serán funcionarios, pero ¿distraerlos de sus competencias habituales no es estar dedicando dinero del capítulo 1, que pagamos todos los españoles, a aventuras políticas que buscan un rédito inmediato en la prensa mundial, y local, claro? ¿Quién, en su sano juicio, puede decir que esta aventura ha costado sólo 130.000 miserables euros?

Pero el dinero no es el problema. A pesar de nuestra actual pobreza, sobrevenida y previsible, somos un país inmensamente rico (mírese si no la lista de PIB y renta per cápita del mundo) que se puede permitir algunos lujos. Si no el de construir aeropuertos a los que no viaja nadie, sí al menos el lujo de dedicar algo de dinero a la cultura, pero con cabeza, por dios, no a golpe de posible pelotazo.

Contrariamente a un purismo integrista malentendido, yo no estoy en contra de sacar un rendimiento a los bienes culturales. Un país con un patrimonio cultural abrumador e insostenible con los solos presupuestos del Estado debe buscar estrategias para, digámoslo llanamente, hacer caja con lo que la Historia nos ha legado. ¿O prefiere usted que el tiempo se coma las ruinas de la iglesia de su pueblo?

En la primera legislatura de Felipe González, un diputado socialista propuso al Parlamento vender a los norteamericanos la iglesia de Galve de Sorbe para que con ese dinero se pudiesen restaurar todas las iglesias con las que el románico rural había sembrado la provincia de Guadalajara entre los siglos X y XII. El Parlamento tiró de nacional casticismo numantino y echó abajo el proyecto. ¿Sabe hoy alguien qué es eso del románico rural y en qué estado están esas joyas de nuestra arquitectura medieval?

Lo mismo en el barrio de las copas, perdón, de las Letras de Madrid. Señores responsables (o irresponsables) de la política, hagan algo, pero háganlo bien. Dediquen 130.000€ y unos cuantos funcionarios de prestigio, y abran una página web a la ciudadanía para que opine y les informe de cómo hacer de Cervantes y su tumba un reclamo mundial, respetando, conservando y dinamizando los usos y costumbres del barrio, y de Madrid, y de la cultura en general. Y abran una suscripción popular y verán la cantidad de ciudadanos que se comprometen, con un euro al menos, para que a Cervantes se le dedique un programa de atención que pase en primer lugar por la lectura de su obra, que es de lo que estamos faltos. Porque sin lectura no hay Cervantes, sólo símbolos barrocos de un poder agotado.

Tenemos un año por delante de celebraciones cervantinas, quizá más, porque los años se extrapolan hasta donde haga falta. Cierto que será un año convulso políticamente hablando, pero ¿la grey cervantina no podría aprovechar la efeméride para hacer algo definitivo por convertir a Cervantes de verdad en una seña de identidad? Este territorio de La Mancha es algo más que un espacio de tierra yerma. Cervantes no es español ni revela el alma hispana como se atreve a decir Juan Manuel de Prada. Cervantes es un vademécum universal en una lengua que podemos leer hoy como el primer día. Pobre Dante, que no le entienden ni los italianos. Cervantes nos dice en la lengua de hoy, que todos podemos entender, con ciertos apoyos lingüísticos y socioculturales, que somos libres, como él a la hora de escribir. Y la libertad no es patrimonio de una parcela de tierra, sino el elaborado producto de una alta cultura. En este caso, la española, aunque a tantos españoles les incomode reconocerlo.

Arturo Lorenzo

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