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¿Cuánto cuesta la memoria?: nada. ¿Cuánto vale el recuerdo?: un imperio.

El penoso mover de tierras en torno a los huesos de Cervantes está dando un resultado previsible: estamos seguros de que están, pero no estamos seguros de que sean. Y las últimas noticias incluso ponen en duda que estén.

Ya les advertí, desde el primer día, que yo estaba en contra. Pero también les dije que, si se ponían a ello, sólo deseaba que se encontrasen, porque si no, ¡qué vergüenza!

Con muy buen criterio, como no podía ser de otra manera, los científicos involucrados dicen que no pueden decir que sea cierto. Los desmigados restos de D. Miguel es posible que sean suyos, mezclados con los de otros, pero este equipo de voluntariosos científicos no puede dar razón a la sinrazón: no hay elementos suficientes para que los huesos sean al 100% los huesos que deseábamos. Y si el hueso no está, ¿la historia no es?

Ha llegado el momento de pasar página. La sociedad lo necesita. Vale, no sé si realmente Cervantes se encuentra en las Trinitarias, pero ¿me impide eso celebrar su memoria, rendir homenaje a los grandes de la cultura o a las víctimas inocentes del cainismo hispánico? Por favor, hagamos un pacto nacional (quiero decir de país, porque esto de nación pone nervioso a todo el mundo) y dejemos de escarbar y excavar.

Uno de los signos de humanidad, es decir de civilización, más importante, es el reconocimiento a los muertos. El planeta entero, todas las culturas, están llenas de tumbas conocidas, con nombre o sin él. Sabemos, y Atapueca, por ejemplo, nos lo explica lisa y llanamente, que la antigüedad más primitiva ya dedicaba un lugar especial a sus antepasados. Todos querían que su descendencia supiera cuál era su origen.

En el siglo XIX, tan historicista él, se generó un movimiento civil y ciudadano que dio como resultado el que al nombre de la calle se le incluyera una breve referencia. Por ejemplo, si la calle se llamaba José de Espronceda, a continuación o debajo, se ponían las fechas de nacimiento y muerte, y a continuación la profesión del ilustre prócer al que se le dedicaba la calle. ¡Qué tiempos aquellos, oiga! Vaya usted a buscar si ponen el nombre de la calle en los barrios actuales – ¿a quién corresponde la placa, al ayuntamiento o al constructor del inmueble? Así, un paseante cualquiera se encontraba sabiendo que aquel barrio estaba dedicado a músicos del XVI o pintores del XVII. Era una forma generosa, sutil y barata de rendir homenaje a los genios que habían hecho el país o que habían contribuido a hacer más grande y rica la historia de la humanidad.

Hoy todo eso parece haber entrado en desuso y haberse centrado en las reliquias de los famosos. Mejor dicho, de un famoso.

Cervantes dijo que le enterraran en las Trinitarias. Por las razones que fueran. Y nada nos hace suponer que no se cumplieran sus deseos. La tradición así lo recoge y el S. XIX lo consagró con la lápida que figura en la fachada del convento. Se acabó la historia. Honrémosle aquí. ¿Por qué me voy a meter con la más alta tecnología a definir si una molécula de polvo es suya o no? Si acaso nos dijeran que del cráneo demolido de Cervantes se podría extraer la pócima de Fierabrás…

Se podía haber aprovechado el doble centenario para hacer un plan museístico, turístico y pedagógico que hubiese puesto más en valor el lugar, ese famoso y modestísimo barrio de Madrid pomposamente denominado de las Letras, cuando todos sabemos que es conocido en medio mundo como el de las copas. Sin mover un solo gramo de subsuelo se podía haber creado un espacio para el conocimiento de la obra de Cervantes, para su lectura y difusión, que hubiese atraído igualmente a la grey forastera para que dejase sus dineros, que bien podrían dedicarse estrictamente a la difusión cultural. No nos engañemos. Hoy, siempre, todo necesita dinero. Y la cultura también. Un óbolo, incluso voluntario, como hace mil años vi a la entrada de la abadía de Westminster, habría servido para mantener el lugar y darle vida y proyección cultural. Bastaba tener un proyecto, no querer hacerse la foto con un esqueleto inencontrable.

La ciencia, con la honestidad que se le presupone, dirá que hemos cubierto el 80 o el 95% de lo que había que certificar. La historiografía y la archivística completarán lo que falte. Y ya está. El necroturismo es un negocio, y desde luego no es lo mismo ver la tumba de un banquero genovés del XVII del que nadie sabe nada, que aprender del esfuerzo invertido en las Trinitarias para estar junto a los imposibles restos del “Príncipe de los Ingenios”.

Siguiendo este criterio, a lo mejor podríamos llegar a un acto de reconciliación colectiva. Desde luego, pocas cosas más patéticas que las que hemos sufrido pocos años atrás viendo cómo se escarbaban las cunetas para dar con los huesos de Federico García Lorca. ¿Qué santoral los necesita? ¿Qué santoral laico, republicano o revolucionario necesita los huesos auténticos de él? ¿Otro Valle de los Caídos? La famosa memoria histórica debería reconvertirse en el recuerdo/homenaje.

¿Una sociedad civil y avanzada no puede encontrar un punto de concordia más allá de la materialidad inmaterial de unos huesos? Lorca ¿no es un poeta que ha hecho del idioma una construcción gigantesca que atraviesa idiomas y fronteras? ¿Necesitamos desenterrarlo físicamente para que se convierta en algo más grande de lo que ya es? Una lápida, señor, un túmulo, por modesto que sea, en mitad del camino a ninguna parte, donde podamos ponerle flores, arrepentirnos de haberlo asesinado y rendir, como a Cervantes, el debido homenaje que la grandeza de su obra merece.

La cultura española está hecha de ilustres cadáveres desperdigados. Nadie sabe dónde está Lope, ni Tirso, ni Mateo Alemán, ni Góngora, ni Calderón…, ni a nadie le importa. Lo que nos importa es lo que su obra nos ha enseñado. Aprovechémoslo. Aprovechemos la lección, en este caso involuntaria, pobre, de Cervantes, y en vez de convertirnos en ramoneadores de huesos, invirtamos nuestros esfuerzos en crear espacios de conocimiento en torno a la vida histórica y material de nuestros ilustres, que seguro aportarán dinero.

Pero ningún esfuerzo, por valiente e imaginativo que sea, se podría comparar al esfuerzo de conseguir que nuestra juventud aprendiese a leer a nuestros clásicos y a disfrutar con ellos. Como en Atapuerca, nuestra descendencia sabría de sus orígenes.

Arturo Lorenzo

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