Etiquetas

, , , , , , ,

¡Pues, vaya¡ Ya les decía yo que esto de andar revolviendo el osario de las Trinitarias iba a traer mucho lío. Y parece que me han oído. Digo oído, porque no creo que a las partes interesadas les haya llegado este modesto y suculento blog cervantino.

Pero el caso es que, hoy, domingo postsanvalentino, (qué pesadez, por Dios, como dice Teresa de Santos), la biblia civil nacional, o sea, El País, publica en primera página un artículo/entrevista/s de Carmen Morán sobre el tema.

Nunca he visto un cúmulo de sensateces tan bien trazado. Claro, que Carmen entrevista a próceres de nuestras letras, no a políticos. Y el tema sale bien parado.

Lo más gracioso, sin duda, es lo que dice Carme Riera, que felicita a quien no ha leído el Quijote porque tiene delante de sí la oportunidad de hacerlo.

El más amargado es Trapiello. Pero D. Andrés no sería D. Andrés si no aprovechara cualquier oportunidad para dar leña al mono. En este caso mono es una metonimia de España, claro.

Dice D. Andrés que este país se ha portado siempre muy mal con sus genios. Imagino que está pensando en él mismo. Genio genial, pero que no por eso el país se hace de caramelo en su presencia o con sus escritos. ¡Qué se le va a hacer, D. Andrés! Escriba y despotrique, que siempre tendrá un buen puñado de lectores que aprecien lo que usted vale.

Pues dice Carmen Morán cosas muy interesantes. Por ejemplo, da solución a algunas de las preguntas que nos preguntábamos el otro día. ¿Cuánto cuesta desenterrar a D. Miguel? Pues, a juzgar por lo que dice, muy poco. Sesenta y dos mil euros en total hasta ahora. Claro, no incluirá los sueldos de los sesudos científicos que están en ello.

¿Quién lo paga? El Ayuntamiento, o sea, esos pobres conciudadanos que tiene la fortuna, o su contrario, de tener su residencia fiscal en Madrid.

Pues sí, me parece poco, así que yo estoy por hacer un esfuerzo tributario y que les doblen la soldada. Pero, amigos, ¿quién garantiza el éxito de la empresa?

O sea, que hay que irse preparando. Si salen los huesos se liará una buena, pero si no salen, se liará una mucho peor.

Yo ya he dicho que estoy en contra de esto de andar buscando osamentas, pero ya que estamos en el lío, elevo mis plegarias civiles para que aperezcan.

Dice, en la entrevista, D. Francisco Rico, tan sesudo y excéntrico él, que no habrá más remedio que sucumbir ante un cierto fetichismo en torno a los huesos, con reconstrucción tipo dinosaurio. Me parece bien que lo diga él, tan serio y digno, porque si lo dijese un vulgar mortal pasaría seguramente por una “boutade” propia de la “gauche divine”.

Sí señor, que pongan una taquilla, a 1€, por favor, que fabriquen una modesta tumba, a no ser que trasladen el túmulo del virrey Toledo de Nápoles, que no estaría mal porque muy pocos lo ven en S. Giacomo, y pongan unos panelitos que cuenten la vida y obra de D. Miguel y el periplo científico que ha llevado hasta sus huesos. En España hay muy buenos publicistas que con estos mimbres harían las delicias del turista ocasional.

Si de esos 65 millones de turistas no ocasionales que visitan España el 1% pasase por las Trinarias, seguro que los madrileños daban por bien empleada su inversión.

El problema, el verdadero problema, está en la autenticidad. El doctor Etxeberria, el forense jefe de las excavaciones, dejaba traslucir en la anterior entrevista que nos dio pie a estos devaneos, que cualquier farsa estaba descartada.

Bueno, pues preparémonos para cualquier eventualidad. La peor, que después de tanta (o no tanta) inversión y tanto ruido mediático, D. Miguel se resistiese a aparecer.

Si Cervantes dijo que se le enterrara allí, se encuentren sus huesos o no, el templo debe ser mantenido como lugar de referencia. Lo increíble es que en todos estos siglos, Trapiello me apoyaría, no se haya hecho del convento un lugar obligado de peregrinación para los cervantistas del mundo, que son muchos.

Para dar ambiente se podría mantener, a pie de muro, un teatro de calle permanente que diese a conocer y divulgase la obra de Cervantes, no sólo su Quijote. Al lado, por favor, una tienda de “souvenirs”, eso que los publicistas llaman “gadgets”. Espadas, plumas, vacías, bustos… en miniatura que pueblen las estanterías de las casas de medio mundo, junto a la foto del protagonista sobre la tumba auténtica o sobre la lápida conmemorativa.

Si se quiere hay mucho que hacer, y si en estos tiempos fetichistas hay que crear fetiches, como dice el profesor Rico, no seamos absurdamente púdicos. ¿Qué diferencia hay entre poner una minitorre Eiffel en la biblioteca de tu despacho a un busto de D. Miguel? Y muchos de los que llegan a París se llevan una Eiffel en el bolsillo.

Pero de todos los líos que en el mundo se lían sólo hay uno que me preocupa de veras. Estoy convencido de que si nuestros esforzados científicos encuentran el “polvo enamorado” de D. Miguel, se abrirá un nuevo frente entre Madrid y Barcelona. Pero este nuevo lío absurdo da para otra tarde de domingo en Milán. A ella nos remitiremos.

Arturo Lorenzo

Anuncios