Don Quijote, cautivo de amor IV

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¡Vaya festín, mamá!

¿Festín? ¿A esta comida de monja de clausura llamas festín? Mira, un caldo valiente.

¿Por qué lo llamas valiente?

Pareces tonto, hijo. Porque no tiene nada de gallina. Y mira, dos obleas de pescadilla cocida. Aquí es que te dan las raciones moscas y luego te las vuelan.

Ante tal entusiasmo gastronómico me encajé en el torturado sillón y tiré de Quijote.

¿Otra vez con ese mamotreto? Tú sigue así, que camarón que se duerme se lo lleva la corriente.

En aquel lejano entonces no se me ocurrió pensar en la relación que podría existir entre el diccionario de refranes que se extiende por todo el Quijote y la capacidad de mi madre, una mujer del pueblo, como Sancho, para salpicar de refranes cualquier circunstancia del discurso y de la vida en general. Pero tiene explicación.

Yo sólo estaba atento a lo que estaba, a mí única preocupación de adolescente que no desea seguir creciendo: el misterio del amor total. Algo me bailaba en la cabeza sin dejarse atrapar, y de repente me acordé de un amigo que tuve que ir a buscar a casa:

Divina Elisa, pues agora el cielo

con inmortales pies pisas y mides,

y su mudanza ves, estando queda,

¿por qué de mi te olvidas y no pides

que se apresure el tiempo en que este velo

rompa del cuerpo, y verme libre pueda,

y en la tercera rueda

contigo mano a mano

busquemos otro llano,

busquemos otros montes y otros ríos,

otros valles floridos y sombríos,

donde descanse y siempre pueda verte

ante los ojos míos,

sin miedo y sobresalto de perderte?

Pues, si entendía bien, lo que los clásicos me estaban proponiendo es que para estar verdaderamente enamorado era conveniente estar muerto, cosa que no entraba, por el momento, en mis planes.

Ya hemos comentado en estas páginas alguna otra vez (Mascar de la Vega) que Cervantes vivía de Garcilaso y que su hondo magisterio se puede rastrear a lo largo del Quijote.

Yo no sé si en aquel remoto entonces fui capaz de comprender la belleza y precisión de los versos de Garcilaso. Pero lo que tiene la belleza es que se te queda dentro y vives con ella por el resto de tus días: donde descanse y siempre pueda verte/ante los ojos míos/ sin miedo y sobresalto de perderte. ¡Tantas veces me los he repetido estos versos hasta sentir la terrible angustia de no poder descansar perseguido por la divina Elisa… o la sin par Dulcinea!

Pero si bien entiendo, o entendía en aquel entonces, más allá de la grandeza de una lengua de principios del S. XVI que nos sigue conmoviendo hoy, era que el amor verdadero, el eterno y perfecto que yo buscaba, sólo se podía dar en la irrealidad de los muertos o de los locos, como Don Quijote. Yo no sabía entonces que Freud, Jung o tanto doctorcillo aventurero habían entrado a saco en la en la psique del caballero para destripar hasta la última incógnita de sus más ocultos pensamientos. Lo que sí me quedó claro es que su modelo de amor, el de Garcilaso, Don Quijote y los clásicos, era un modelo tan exitoso como vacío de contenido. Ese amor era un éxtasis, una forma sin contenido que ha durado hasta nuestros días y que el “star system” de Hollywood, pasando por la ópera o la novela romántica del XIX, ha elevado a la enésima potencia. Todos estos folletines, la música pop incluida, hacen del amor romántico una religión que el mundo profesa pero no practica.

Ese estado de hetero complacencia admirativa y celestial queda muy bien para las postales de amor, para las fotos de boda o para las leyendas cinematográficas, pero deja mucho que desear para el común de los mortales que busca en la oscuridad de los abrazos el placer y la libertad del cuerpo, que diría el profesor Sola. Pero claro, ¿acaso Don Quijote es un común entre los mortales? Nos hemos quedado con la imagen del soñador enamorado que prevalece en el libro, sin embargo, el enamorado de oídas flaquea de vez en cuando. En el caso de Marcela parece evidente que Don Quijote sufre un arrebato de amor que disimula convenientemente proclamando que pone su brazo al servicio de la doncella desamparada. ¿Desamparada cuando ha hecho una proclama de libertad hasta entonces jamás vista en una mujer… literaria?

Entre queja y dolor de mi amantísima madre, seguí buceando por los meandros de mi imaginación hasta topar, casi involuntariamente, con el siguiente capítulo, el de los yangüeses. Perdido el norte en su grave desvarío, perdida la pista de la espléndida Marcela, caballero y escudero no encuentran otro consuelo que reposar en la fresca ribera de un plácido arroyo por donde dejan pacer libremente a Rocinante y al rucio de Sancho.

Héteme aquí que al bueno de Rocinante, tan manso y tan poco rijoso, que todas las yeguas de la dehesa de Córdoba no le hicieran tomar mal siniestro, le da por olisquear y pretender refocilarse con alguna de las yeguas gallegas (hacas galicianas, dice Cervantes) que unos yangüeses habían aparcado en el mismo prado. Las yeguas se despachan con una fina lluvia de coces y los yangüeses, extremos valedores de la pureza virginal de sus hacas, muelen a palos al tan manso y tan poco rijoso rocín. Don Quijote que ve semejante afrenta se levanta en armas, da de cuchilladas a uno y le muelen a palos los otros veinte y aquí me dejaría morir de puro enojo, se lamenta el caballero.

No puede ser inconsciente, en la genialidad de Cervantes, que someta al caballero a la diabólica espiral de deseo (Marcela), pecado (la débil lujuria de Rocinante), expiación (la molienda a palos de los protagonistas), tan cara a la sociedad tridentina de la época, y, por desgracia, a tantas sociedades actuales.

Del deseo, insatisfecho, por Marcela, nuestro caballero ha pasado, en una página, como quien dice, a penitente apaleado. Pero el hábil narrador siempre encuentra una puerta abierta en las desdichas para dar remedio a ellas. Esa bestezuela (el rucio de Sancho) podrá suplir ahora la falta de Rocinante, llevándome a mí desde aquí a algún castillo donde sea curado de mis feridas.

La casualidad (literaria de Cervantes) quiso que el imaginado castillo de Don Quijote fuera, en realidad, la venta de la Maritornes, o sea de una aventurera sexual.

Miré por encima de los pequeños muros de la patria mía que conformaba el libro, en aquella estancia en la que tanto le gustaba a mi madre hacerse la agonizante, y vi a la negra Violeta, como un trombo de fuerza contenida, repartiendo órdenes entre las enfermeras y gestos de cariño y esperanza entre los enfermos. Y se me ocurrió pensar que, como yo, Don Quijote, o tal vez el autor, estaba atrapado en ese viejo dilema de ser sólo cuerpo o inteligencia enamorada.

Arturo Lorenzo

Milán, septiembre de 2016.