Persiles, Sigismunda y compañeros: caminantes libres

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El gran problema del Persiles, presentado por multitud de cervantistas como la confirmación definitiva y fidedigna de un Cervantes post-tridentino, adalid incontrovertible de los postulados más ortodoxos de la Iglesia Católica, preconizados por la Iglesia de Roma de la época y defendidos a ultranza por la monarquía española de los Habsburgo, el grave problema del Persiles, decimos, para los cervantistas, y para todos los lectores abducidos por el prestigio de los grandes investigadores, es que en ningún momento, en ninguna fase o parte del texto, Cervantes se libra a semejante propósito. Más bien al contrario. Eso sí, con un exquisito ejercicio de esgrima literario inevitable para sortear las infinitas trampas de la censura de la Santa Inquisición.

Busquemos un ejemplo de lo dicho dentro de ese infinito océano de propuestas seductoras que es esta novela o “historia setentrional”, como la subtitula el autor.

El ejemplo más chocante, aunque hay infinitos, quizá esté al final del libro. A los peregrinos que llegan a Roma -Persiles, Sigismunda y sus variopintos compañeros- no les pasa en realidad nada “romano”. Es decir, nada católico, apostólico y romano, como parece que cabría esperar de entre quienes organizan una inmensa peregrinación desde las tierras del Norte, por otro lado, recuérdese, poco o nada católicas, hacia la Ciudad Eterna.

Es decir, en principio se trata de peregrinos, poco o nada católicos, que, podría suponerse, se aventuran en el gran viaje hacia el Sur en busca de algún tipo de formación o información que les aproxime al verdadero y profundo mensaje del que es depositaria la Santa Madre Iglesia en el corazón terrestre de su reino: Roma.

Excepto Sigismunda/Auristela que sufre una especie de catequesis a manos de unos padres “penitenciarios” que ni vemos ni tienen rostro, y que está a punto de provocar un trastorno absoluto en su personalidad y convicciones, ninguno de los otros peregrinos tiene prácticamente el más mínimo contacto con iglesia, sacerdote, creencia o ceremonia católica ninguna.

¿Quinientas páginas (en edición moderna, Turner, Madrid, 1993) para que no nos diga ni cómo se llamaba el Papa del momento? ¿Ni se hable de las glorias, fiestas, fastos, piedades, milagros, ceremonias o anécdotas hagiográficas? Es como si hubieran llegado a término, hicieran sus cosas que pasan entre ellos – los peregrinos- y, de improviso, cogiesen el tranvía de vuelta a casa, el remoto Norte, viaje que tampoco narra Cervantes dejando, eso sí, una promesa de felicidad perpetua para los peregrinos aventureros, otorgándoles reinos, riquezas, abundante descendencia y larga vida, pero ni una palabra de religión.

Cierto que la obra tiene un poco de atosigamiento jaculatorio. Es verdad que a cada paso, desde el primer libro, se está invocando, de manera más o menos convencional, el fervor a los principios básicos, generales de la religión cristiana, pero, si se observa bien, estos principios están repetidos -hasta la saciedad-, eso, a modo de jaculatorias como para librarse de un mal mayor. Según algunos autores, idea que comparto absolutamente, esas jaculatorias sirven de exorcismo contra el diablo que, en aquel momento, no es otro que la censura inquisitorial. Superado este prejuicio de confesionalidad ultra-tridentina como ha querido interpretar la crítica más conservadora, el lector puede navegar un poco más alegremente por la floresta de aventuras y mensajes, que esto parece lo importante, que el autor va desgranando.

Pero volvamos a Roma. No hay espacio para contar todas y cada una de las aventuras de los peregrinos, pero todas -excepción hecha de la referida a la catequesis de Sigismunda- todas tienen un denominador común: todas, o sea, ninguna de las aventuras tiene matiz religioso. Les pasan cosas a los peregrinos, claro que sí, pero ninguna está relacionada con la doctrina de la Santa Madre Iglesia. ¿Quinientas páginas para no abrazar y convertirnos ciegamente a la fe – a los más recientes y radicales postulados de la fe post-tridentina- que los cervantólogos le atribuyen al autor?

En Roma nadie, de los peregrinos, ha visto al Papa, salvo una leve referencia que Cervantes hace sobre Sigismunda, la menos católica de todos, y otra sobre la visita a ciertos templos, que ni siquiera se molesta Cervantes en nombrar, por parte de Persiles. Ambos datos despachados en poco más de una línea. Sospechoso, ¿no? Ni siquiera el matrimonio “in extremis” de Persiles y Sigismunda es un matrimonio al uso cristiano presidido por un profesional de la fe católica, ni se celebra en ninguna iglesia, sólo en su proximidad, a campo raso.

Parece, cuando menos, difícil de aceptar la visión nacional católica que los exégetas cervantistas de tanta raigambre han querido hacernos creer. Cualquier lector medianamente avisado saca de una lectura “ingenua” una tesis concluyente: éste no es un libro para proclamar y difundir la ideología católico-tridentina.

Este es un libro legibilísimo en su lengua, como diría el maestro Rico. Desde luego mucho más que el Quijote. Lo que no parece tan legible es su significado o, por mejor decir, la constelación de significados que de su lectura se desprenden.

En el año 2005, la editorial Hiperión, en traducción de Jesús Munárriz, al calor de los fastos del cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, sacó a la luz una obra monumental del hispanista e investigador alemán Michael Nerlich, que lleva el significativo título de El Persiles descodificado o la “Divina Comedia” de Cervantes. A lo largo de más de setecientas páginas llenas de abrumadora y sugestiva información, el autor nos acompaña desentrañando las claves básicas, y revolucionarias, de una obra prodigiosa, excepcionalmente estructurada, llena de aventuras que encandilan, asombran y muestran al lector la realidad y el pensamiento de la época en la mejor prosa del maestro de maestros en lengua castellana.

Habrá tiempo de infiltrarnos en alguno de los infinitos pasajes y aventuras del libro, pero parece necesario adelantar una de las principales conclusiones a las que llega Nerlich. En un mundo en guerra, una guerra de familia que ha roto a la cristiandad en católicos y protestantes irreconciliables e intorlerantes a ultranza, el mensaje de Cervantes es justamente el contrario: tolerancia, comprensión por la diferencia, respeto y libertad. En realidad nada nuevo en el autor del Quijote.

La segunda conclusión importante a la que llega el crítico es de carácter cultural, y dramático: No entendemos el Persiles porque no entendemos ya la cultura de los siglos XVI y XVII. O para decirlo mejor: el salto del conocimiento científico, técnico y filosófico que a partir del S. XVIII se produce en Europa nos ha alejado de las formas simbólicas propias del Renacimiento en las que se mueve Cervantes y, no nos equivoquemos, sus lectores que, a buen seguro, como insiste machaconamente Nerlich, le entenderían mejor que la legión de cervantistas que le han obligado a decir lo que no decía, o incluso su contrario.

Hay que volver sobre todo ello, pero despidámonos con una cita que les sonará a los lectores del Quijote: “que el ver mucho y leer mucho aviva los ingenios de los hombres”. (Persiles, II, 6).

Arturo Lorenzo

Madrid, marzo de 2018

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