Don Quijote, cautivo de amor XI

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El cura y el barbero descubren a Dorotea (I, 28)

No era fácil hacer el inventario de sus virtudes. Me refiero a las de Dorotea, claro.

Dejando aparte el pequeño detalle de pertenecer a una familia plebeya, en una sociedad estamental esto es dramático, Cervantes se las arregla para componer la imagen de una mujer que por sí sola, por el conjunto de todas sus virtudes, pueda llegar a romper los muros que separan a los estamentos de la época. Es decir, Cervantes da pistas para saber cómo se pueden superar los prejuicios sociales, abriendo, paso a paso, la sociedad clásica hacia la modernidad, aunque ésta tarde siglos aún en llegar. (Cervantes había empleado ya esta misma forma del matrimonio mixto en otros escritos para resolver el tema morisco). Incluso nos ha dicho que a pesar de la deshonra sufrida, tabú supremo en la época, y en muchas otras más, gracias a los vericuetos legales del momento, la amante podía recuperar al amado y llevarlo al altar.

Eso sí, para ello, para conseguir romper las barreras estamentales, Cervantes adorna a Dorotea con un conjunto de virtudes que se nos hacen difíciles de imaginar en una sola persona. Quizá el viejo don Miguel está perfilando la imagen de la mujer, moderna y fuerte, que a él le hubiese gustado encontrar en su juventud, donde seguro que ignoraba que fuese posible encontrar mujeres, como él las pinta, en su extrema madurez.

Algo me decía, en aquel remoto sillón/patíbulo de la nave de los supuestos condenados del Hospital Clínico de Madrid, que Cervantes pinta así a sus mujeres de ficción porque él, a lo largo de su intensa y variopinta vida, las había encontrado.

La Dorotea que Cervantes nos dibuja no tiene desperdicio: no sabemos su edad, pero por lo que él dice de otras, difícil que tuviera más de dieciocho. Por supuesto, es plebeya, ya lo sabemos, pero inmensamente rica. Como Marcela. Por supuesto, bellísima: pies, manos, cabello, piernas… No se atreve con más partes del cuerpo, no va en el tono de la obra, pero es suelta de lengua, voz suave, reposada y clara, señora de los ánimos de sus padres, excelente administradora de los bienes familiares, lectora de libros devotos y de caballería, descansa con el harpa, cose e hila. Sólo que vivía como una monja y sus solas salidas consistían en acompañar a su madre a misa, sin levantar la vista, mirando sólo el suelo que sus pies hollaban. Una modelo de doña Inés, del alma mía, pero sin entrar aún en el convento. Así que no es de extrañar que con los avisos, billetes y todo tipo de actividades festivas que don Fernando organiza en torno a ella, Dorotea sienta que me daba un no sé qué de contento verme tan querida y estimada de un tan principal caballero. (DQ I 28). O sea, está hablando del poder de la imagen, de la representación, que tiene en el imaginario de una joven, plebeya, rica y hermosa la estima de un tan principal caballero.

No es de extrañar, tampoco, que la violación no sea tal. Hoy, ahora, he visto que los críticos cervantinos son de esta opinión. No obstante, yo, en aquel tiempo, no estaba para pendejadas, como aprendimos a decir de los clásicos sudacas. Así que volví a recurrir a los amigos.

César Carrión y Gabriel Casal no se conocían entre sí. Los cité en La Rosa. Se miraban con la retadora mirada del advenedizo y el consagrado. Gabriel, ocho o diez años de amistad nos contemplaban. César, apenas unos meses. No los dejé respiro. Mirad, estoy en esto del amor de Dulcinea. ¿Pero, a vosotros os ha enamorado alguna heroína literaria? Porque yo lo que veo es que Hollywood enamora a los guapos. Clark Gable y Olivia de Havilland caen rendidos por exigencias del guion, pero, aparte de su belleza, Olivia no me da ninguna pista para enamorarme de ella. ¿Os pasa lo mismo? ¿Qué heroína artística o literaria os enamora? La Maga de Vargas Llosa y la Alejandra de Sábato, me respondieron, ahora no sé cuál una, cuál otra el otro. El boom literario sudaca se había instalado hasta tal extremo en nuestro imaginario literario/artístico que la Julieta de Shakespeare o la Olivia Hussey de Zeffirelli se habían convertido en el cartón piedra del que siempre ha hecho gala Hollywood.

¿Y tú, la tuya? ¿Tu heroína literaria preferida?, me dijeron casi al unísono. Bueno, yo estoy ahora con Dorotea. Sus caras de asombro me llevaron a tenerles que explicar durante unos buenos minutos a qué me refería. La modernidad nos conducía a tener en el olvido a los clásicos.

Lo cierto es que Dorotea, de la mano de Cervantes, porque Don Quijote permanece prudentemente ausente, sobrevuela capítulos y capítulos hasta su explosión final en la que, hábilmente, maniobra para recuperar a don Fernando.

Niño, ¿qué haces? Leo, mamá. Pues vas a acabar con el libro en la chepa. Oye, dile a Violeta que venga a darme uno de esos masajes suyos. Son las tres y media de la madrugada, mamá. A mí me ha dicho que cuando lo necesite.

Con mi impenitente timidez me acerqué al fondo del corredor externo. Un letrero decaído indicaba: Enfermería. Una luz lechosa de fluorescente antiguo atravesaba el cristal plomizo de sabor antiguo. Llamé suave. Entré sin atender respuesta. Todo era blanco. La pared, las estanterías, el modesto mobiliario de hospital, el material sanitario, los dientes perfectos de Violeta que me sonreía desde el líquido blanco de sus ojos. Sólo su piel no era blanca ni se veía en la tenue luz lechosa. Le expliqué. Vino. Ayudó a girarse a mi madre y durante un tiempo que me pareció infinito, a la débil luz de las luces auxiliares vi cómo las manos negras de Violeta recorrían el cuerpo pálido y enfermo de mi madre haciéndole exhalar gemidos de placer.

Ahora descansará de verdad, me dijo, y la vi alejarse, pabellón adelante, embutida en su breve bata blanca a punto de explotar.

Después de haber amado tanto lo inútil, después de haber amado tanto inútilmente, como Don Quijote a Dulcinea, ¿cómo estar preparado para amar a una persona, eso que llamamos un ser con alma y cuerpo, es decir un ser humano que en aquel tiempo, y para nosotros, sólo podía ser un cuerpo de mujer?

La mañana siguiente era domingo. Y, como todos los domingos, se celebraba la Santa Misa en el pabellón de los candidatos inmediatos al paraíso. Momento perfecto para desaparecer.

Arturo Lorenzo

Milán, diciembre de 2016.