Don Quijote, cautivo de amor XVIII

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Según vimos en el capítulo 1 de la II parte, Don quijote es, por encima de todo, un soñador que reclama y aspira a un mundo mejor, la vuelta a un tiempo en el que, gracias a la cooperación necesaria de los caballeros andantes, reinaba el orden, la armonía, la paz y el valor y la virtud triunfaban por encima de la arrogancia y la vileza.

Éste es un discurso que ya ha manejado en la I parte e irá desgranando a lo largo de la II. Se trata de un discurso de marcado carácter idealista. Don Quijote se fija en un tiempo remoto e idealizado en el que los caballeros andantes repartían justicia y piedad. Pero también cree que es posible recuperar ese tiempo y ese espacio, y para ello es necesario el concurso de caballeros auténticos, como él, que movidos por una imaginaria filosofía del bien son capaces de enfrentarse a los mayores peligros. Esa posible actualización de una filosofía y una realidad que sus convecinos ponen en duda es lo que vuelve a Don Quijote rematadamente loco, el idealista por antonomasia.

¡Cuerpo de ángel! Sí, Don Quijote era un don nadie, pero su voluntad y su deseo estaban encaminados a tratar de construir el mundo justo y armónico que enuncia en sus parlamentos. Esto es lo que le hace, al tiempo de idealista, extraordinario como persona. Por fin hay alguien que quiere vivir para hacer el bien, el bien absoluto. ¡Qué gran modelo para los románticos alemanes! Yo tenía la sensación de que, a mis veintitantos años, yo también quería ser un ángel justiciero, enamorado, como Don Quijote, porque los ángeles caballeros, por muy celebradas empresas que llevasen a cabo, no eran nadie si no estaban encaminadas a obtener la mejor consideración de la dama a la que habían decidido entregar su corazón.

¿Cuántos hombres había de bondadosos e idealistas como Don Quijote? De momento sólo se me ocurrió uno: el propio Sancho, convencido de la misión de su señor en la tierra y, por tanto, de la suya propia. Había por parte de Don Quijote, si yo entendía bien, una aspiración a la justicia y a la bondad en el mundo extremadamente original, y, al mismo tiempo, como perteneciendo a un fondo filosófico y moral que había llegado hasta la crisis del Renacimiento, pasando por la Antigüedad clásica y la oscura y trabajosa Edad Media. El mundo iba por otra parte en el momento barroco de Cervantes, pero Don Quijote vivía con la convicción de que, a pesar de todo, todavía era posible poner en marcha su programa ideológico.

Pero, ¿y la dama? ¿Dónde quedaba en su renovado intento por restablecer el mundo de los caballeros andantes el objeto de sus más elevados deseos?

Ahora todas estas cosas suenan un poco ridículas, como de juego de niños, o adolescentes al menos, pero ¿cómo combinar el amor sublime, celeste, angélico con la idea de posesión? ¿El amor caballeresco con el plebeyo? Además, Don Quijote, en su caso, aunque fuera inventada, tenía una dama, Dulcinea del Toboso, pero yo no tenía ni sombra, ni proyecto de dama. Todo lo más una imagen incompleta, casi desdibujada.

En aquel entonces, después de tantos trasiegos universitarios, clandestinos o tertulianos, todos sabíamos que los personajes de ficción no tienen voz. O por mejor decir, que sus voces se modulan en función de la personalidad que les confiere el autor. Pero era la teoría. En realidad, la práctica era muy distinta. ¿Quién en su sano juicio quería ver tras los arrebatadores y melancólicos discursos de Alejandra (Sobre héroes y tumbas) el gesto malencarado de don Ernesto Sábato con su bigote militaroide? Entonces para mí, en aquel entonces de transición hacia ninguna parte, aunque racionalmente aceptaba la diferencia, se me hacía hostil pensar que las preocupaciones, pensares y discursos de Don Quijote no fueran exclusivamente suyos y tuviera que compartirlos con un tal Cervantes. Sólo muchos años después se me fue aclarando este dilema por un camino bien rocambolesco.

Pero, entretanto, ¿qué era de la dama del caballero? ¿Y, ocasionalmente, de la mía?

Tan pronto como en el 3º capítulo de la II parte D. Quijote ya enuncia su preocupación por su dama. Nada más conocida la noticia de que sus andanzas y las de Sancho figuran ya en un libro que circula de mano en mano, o sea, se ha convertido en una historia que los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran (DQ II, 3), después de sentirse inquieto esperando que el bachiller le traiga nuevas de sí mismo, prácticamente la primera cosa por la que se interesa es por la fama o mala fama de sus amores: Temíase no hubiese tratado (el autor arábigo) sus amores con alguna indecencia que redundase en menoscabo y perjuicio de la honestidad de su señora Dulcinea del Toboso; deseaba que hubiese declarado su fidelidad y el decoro que siempre la había guardado, menospreciando reinas, emperatrices y doncellas de todas calidades, teniendo a raya los ímpetus de los naturales movimientos… (DQ II, 3).

O sea, su primera preocupación, la de Don Quijote con respecto a su dama, es que el arábigo autor de su historia no hubiese hurgado en alguno de esos descuidos de prensa rosa que ponen en entredicho la honestidad del comportamiento de los amantes imaginarios. O sea, y como siempre, la opinión de los otros como cancerbero de la conducta personal. Mal me iba a mí por ese camino. ¿Por qué, me preguntaba, Don Quijote está tan obsesivamente obsesivo por la conducta individual bajo el fulgor represivo de la mirada de los otros? Se me ocurrió pensar si no sería una obsesiva obsesión no de él, sino del verdadero autor, no del supuesto arábigo.

Y su segunda preocupación, complemento insufrible de la primera, era que, además, había que publicar a todos los vientos la fidelidad que había guardado a su dama rechazando otras extraordinarias ofertas amorosas y los naturales movimientos. Segunda cosa que no tenía yo muy clara, aunque me gustase: ¿De dónde venía esa insistencia casi pueril en una fidelidad y constancia casi autodestructivas?

Estaba yo creo a punto de desentrañar tan grandes misterios cuando la quejumbrosa voz de doña Angustias me atenazó por el cuello: ¿Qué haces a estas horas, hijo? Ya ves, mamá, con Don Quijote y Dulcinea. Ella había observado cómo reiteradamente mi mirada se posaba en las rotundas caderas de Violeta, así que no tuvo empacho en recordarme: Sí, sí. Mucha Dulcinea, pero acuérdate de lo que decía tu abuela: La mujer es fuego, el hombre estopa, llega el diablo y sopla.

Arturo Lorenzo

Milán, mayo de 2017.